La restauración  empezó a esbozarse como disciplina hace unas centúrias como consecuencia del afán protector hacia los monumentos histórico-artísticos (Moreno-Navarro, 1998).



 A Eugène Viollet-le-Duc se le atribuyen citas como “devolver al edificio el estado que pudo haber tenido” o “un estado que nunca llegó a tener” las cuales, sacadas de contexto, indujeron a una práctica hoy en día descartada que consistía en dar al monumento a restaurar el aspecto que podría haber tenido, añadiendo elementos que no habían estado jamás. Esta corriente se extendió por Alemania, Rusia, Italia y España.


Ruskin presentaba una postura antagónica a la anterior, y se le conoce por la cita  “dejar que los edificios mueran dignamente”. Esta pasividad tampoco es aceptada hoy en día, aunque de ella deriva el respeto hacia la obra del pasado, procurando conservar ésta sin alterar su forma original.

 


 

 

Este fue seguramente el inicio de los diferentes criterios de restauración, que con el paso de los años se han ido consolidando en las llamadas cartas del Restauro. Estas  fueron realizadas con la intención de establecer de común acuerdo unas recomendaciones para las intervenciones en materia de conservación y restauración. La primera se realizó en Viena en el 1905, y posteriormente a ésta han seguido convenciones y nuevas cartas hasta día de hoy. Destacamos las siguientes:

  • La Carta de Atenas de 1931 describe la salvaguardia de la arquitectura, es decir la conservación sin intervención.
  • La Carta de Roma de 1931 desarrolla el problema del repristino o copia sin elementos básicos que lo amparen, así como la copia como base de la restauración.
  • La Carta de Venecia de 1964 separa la restauración como método de la conservación.
  • La Carta de Roma de 1972 define la salvaguardia de los monumentos añadiendo a éstos la pintura y la escultura. En sus capítulos describe la metodología necesaria para el reconocimiento e intervención restaurativa, la cual fue elaborada por Cesare Brandi (Brandi, 1988). De su obra, destacan axiomas que han sido seguidos por sus sucesores, tales como “la reintegración deberá ser invisible desde la distancia a la que la obra de arte debe contemplarse”, o bien “… establece que cualquier intervención de restauración no haga imposibles eventuales intervenciones futuras, antes al contrario las facilite”.
  • La Carta della conservazione e del restauro degli oggetti d'arte e di cultura, 1987. Se desarrolla la metodología de intervención, siempre basándose en la Carta de 1972. Define y diferencia conservación, prevención, restauración y mantenimiento. Esta última carta fue cuestionada por algunos teóricos de la restauración como M. Cordaro, que defendía en su postura a Cesare Brandi como verdadero ideólogo de la Carta del Restauro.
  • Carta de Cracovia del 2000. Esta es la carta más reciente realizada, donde se hace incapié en la importancia de la compatibilidad de materiales así como  la interacción de la obra con el hombre, la naturaleza y el medio físico. Además,  especifica criterios de gestión y planificación donde expone que “Debe ponerse particular atención a la optimización de los costes del proceso”. Finalmente, cabe destacar su interés en la educación social, ya que “La formación y la educación en cuestiones de patrimonio cultural exigen la participación social y la integración dentro de sistemas de educación nacionales en todos los niveles”.

 

En general, las cartas definen la creación de un equipo multidisciplinar y la redacción de informes previos de las obras, tanto histórico como de la estructura de todos sus componentes. A continuación, la elección de un método eficaz con materiales reversibles, que no alteren ninguno de los componentes constituyentes de la obra de arte y que los resultados sean eficaces a corto y largo plazo, para poder así alargar la vida de la obra de arte. Seguidamente, la realización de pruebas preventivas, seguido de un informe sobre las pautas seguidas y, finalmente se destaca la importancia del trabajo en equipo donde:

 

  • El restaurador efectuará el proceso material de la obra.
  • El científico indica los materiales correctos que se han de utilizar.
  • El historiador de arte, ya sea arquitecto, historiador o arqueólogo, es aquel que delimita el  "acto manual" del restaurador y científico para no crear un falso histórico.


La carta de Cracovia en cambio, deja en segundo plano dichos criterios, los cuales han sido hasta la actualidad ampliamente discutidos, y hace hincapié en las cuestiones ambientales, sociales y de educación que engloban la conservación del patrimonio arquitectónico, tal y como se ha comentado anteriormente.


El debate que existe hoy en día difiere entre la importancia de una metodología de restauración universal y la individualización de la restauración arquitectónica, arqueológica. archivística, etc. Antoni González Moreno-Navarro pone de manifiesto la obsolescencia de las teorías sobre intervención expuestas hasta la actualidad y la imposibilidad que las cartas y/o normativas den una respuesta general a cada caso particular, añadiendo además el riesgo de que éstas sean usadas para manipular ideológicamente o comercialmente el patrimonio olvidando los destinatarios de la protección de éste que son los ciudadanos. Por ello, plantea en lugar de criterios de intervención una serie de herramientas de reflexión que permitan a cada equipo de trabajo tomar decisiones con criterio, basado en cuatro fases fundamentales: el estudio de la obra en diferentes vertientes, la reflexión, la intervención y la conservación preventiva.  

 

Bibliografía: (Moreno-Navarro, 1998); (Brandi, 1988); Cartas de restauro